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  • Enrique Silva

Poco voto, mucho esfuerzo y mucho gasto

En un país que demuestra que su método electoral es democrático invirtiendo tiempo y millones de pesos en los procesos, pero obtiene como resultado la abstinencia por parte de sus ciudadanos, habría que analizar las cuestiones verdaderas que llevan a la falta de interés de los votantes.


En las pasadas elecciones del 2 de junio en Tamaulipas salió a votar el 33 por ciento (dato promedio estatal) de la lista nominal. En Baja California votó el 29.64 por ciento y en Puebla 33.41 por ciento. En Aguascalientes el 38.4 por ciento y en Quintana Roo 22.15 por ciento. El más alto porcentaje se alcanzó en Durango al salir a votar el 45 por ciento de los electores. Es decir, hubo en general mucho abstencionismo.


Ante estos datos hay muchas preguntas y reflexiones que debemos hacernos.

Independientemente del resultado, ¿qué está sucediendo con el ciudadano/elector? ¿por qué no sale a votar?, ¿a qué le dedica su tiempo el día de la jornada? ¿7 de cada 10 personas que no votaron dicen más que 3 de cada 10 que sí lo hicieron?


La responsabilidad de la baja participación ciudadana, ¿es de quien no participa? ¿es de quien convoca a la participación?, ¿es de quien regula la participación?, ¿es de todos los personajes involucrados?


Según comentarios publicados en algunos medios en donde hubo elecciones, la gente no salió a votar por diversas razones: “no va a cambiar nada”, “se me olvidó”, “tenía otras cosas importantes que hacer”, “hacía mucho calor”, “tenía que cuidar a mi mamá”, entre muchas otras respuestas.


Por el lado del árbitro las tareas se cumplieron. Se siguió un calendario electoral, se emitieron las convocatorias, se hizo el registro de candidatos, se abrieron las casillas, se capacitó a los funcionarios de casilla, etc.


Las campañas se realizaron en tiempo y en forma. Los candidatos salieron a las calles, emitieron sus propuestas, visitaron las colonias, escucharon a la gente y se comunicaron con los electores.


Se invirtieron millones de pesos y millones de horas hombre en los procesos electorales que resultaron con muy baja participación.


Tenemos procesos electorales llenos de desconfianza, de candados sobre candados, de supervisores que son supervisados por observadores electorales. También tenemos candidatos que son observados bajos estrictas reglas de gastos y actividades de campaña. Está muy detallado lo que se puede y no se puede hacer.


Finalmente tenemos también a ciudadanos que parece que ven y no observan, que oyen y no escuchan, que hablan pero no dicen nada respecto a los procesos electorales. Somos la envidia internacional respecto a todo lo que hacemos e invertimos para tener elecciones democráticas confiables y transparentes.


Entonces, ¿qué ocurre?, ¿por qué es tan baja la participación ciudadana?, ¿en qué queda tanto esmero y trabajo, esfuerzo y capacidad organizativa si para quien se hace todo esto lo desdeña?


Me resisto a pensar que en el fondo de nuestra naturaleza, en el más profundo de nuestro ADN político está el deseo de ser gobernados por un padre que decida por nosotros. Tanto que se hace ¿para qué?, ¿para que sean pocos los que decidan quién se queda en el Congreso o en el Gobierno y quién no?


Este es un llamado de atención para que revisemos si deberemos seguir con este asunto de hacer tanto por la democracia, cuando en los hechos parece que no es suficiente; al menos no suficiente para subir la participación y hablar verdaderamente de resultados democráticos. O nos damos por vencidos y volvemos a esquemas anteriores y más baratos (en muchas formas), o nos esforzamos en entender qué estamos haciendo mal.

Dudo mucho que el abstencionismo provenga como una respuesta a una elevada cultura cívica por parte de los ciudadanos. El método es democrático, los resultados ¿lo son?

Sin menosprecio a nadie, sin otro afán más que reflexionarlo. Pensemos que vamos a hacer con el sistema electoral; quizá así como está, ya se desgastó.


Publicado originalmente en El financiero.

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